viernes, 10 de julio de 2020

¿Cómo será recordar esto dentro de 10 años?



Diez de julio. Otro año más. El décimo. Diez años de aquel diagnóstico que hizo nacer a este blog. Diez años que eran una meta mental de la que nunca había querido hablar para poder alcanzarla sin gafarla. Una meta mental que surgió de manera espontánea con Edu, en uno de los ingresos que compartimos juntos, durante uno de aquellos días en los que lo único que quería era dormirme y despertar cuando todo hubiese pasado.

Diez de julio y diez cumplevidas, a cada cual más especial. Siempre esperándolos con ganas, pero sin celebraciones programadas, porque siempre presentía que el día no precisaba de mucho para que acabase siendo increíble, y así ha sido siempre.
Los primeros significaban, simplemente, huir del miedo. A los cinco me prepararon una fiesta sorpresa, y con ella celebramos salir de esa fase de alto riesgo de recaída.
Los siguientes, improvisando, continuaron siendo mágicos. El año pasado, sumando nueve años de regalo, fue más íntimo, y solo bastaron unas cervezas y silencios bonitos, mirando el mar.
Y hoy caen diez añazos. Diez. La cifra con la que soñábamos mientras estábamos entre quimios, ingresados en el hospital.




Y un diez que sonaba a infinito, por fin, se ha convertido en una historia que contar:

- ¡Por fin solos! ¡a tomar por culo! - le dije mientras apagaba la televisión. 
- Te has pasado un poco con tu madre, Elías.
- Ya, lo sé. Pero es que si no, no se van ni a tiros. No quiero más visitas por hoy, ni más televisión de fondo. ¡Joder!
- Pero es normal. ¿Qué quieres? ¿cómo pretendes que no quieran estar aquí tus padres?
- Quiero silencio. Y dormirme ahora y que cuando me despierte hayan pasado diez años.
- A ti lo que te tiene acojonado es la médula de mañana, que te empiezo a conocer. 

Edu había dado en el clavo: me había pasado con mi madre diez, once, doce y mil pueblos. Ese día la eché de la habitación del hospital de muy malas formas. Siempre acababa pagando con ella toda la frustración, todo el miedo, toda la rabia. Y también tenía razón en que estaba cagado por el aspirado que me tocaba a primera hora del día siguiente.

- Es que las odio. La última fue una puta mierda tío. Entraron la primera vez y no salía nada. Tuvieron que volver a montar el punzón ese, se me hizo eterno.
- Yo he tenido suerte hasta el momento. - contestó Edu mientras miraba al techo. Estaba boca arriba, con las manos debajo de la cabeza, como si estuviera tumbado en una playa tomando el sol.
- ¿Qué prefieres médula o intratecal? - yo le miraba a él. Me daba paz.
- No se puede comparar - me dijo, casi alucinando por la pregunta - el pinchazo de la espalda es mucho peor. ¿Tú te has fijado en lo larga que es esa aguja?
- ¿Me lo dices o me lo cuentas? A veces pienso que si se les va la mano me van a dejar clavado en la silla.



Nos echamos a reír. Y luego nos quedamos en silencio. Pero no duró mucho. Me gustaba coincidir con él en los ingresos. Desde que le habían diagnosticado y había aparecido por la sexta planta del hospital, algo había cambiado. Si coincidíamos para darnos el ciclo durante la semana de quimio, todo me resultaba más llevadero. Y volví a la carga:

- No, en serio, ¿no te gustaría dormirte ahora mismo y que hayan pasado diez años? Despertarte y que no haya más agujas, ni más ingresos, ni más quimio, ni más encontrarte como una puta mierda, ni más estar enchufado a todos estos goteros.
- La verdad es que no estaría nada mal, ¿eh? - y se giró hacia mí - Tú en diez años cumplirías... treinta, ¿no?
- Sí, sería casi como tú. Viejo y tal, pero espero que con más pelo.


Nos volvimos a reír. Y sí, para un chaval de veinte años, pensar en diez... era como hablar del infinito. Como un concepto tan abstracto que parecía que realmente no iba a llegar nunca.

- Edu, ¿qué cosas hiciste tú desde los veinte a los treinta?

Y volvió a acomodarse mirando hacia arriba. Me contó historias sobre algunos de sus viajes y sobre cómo cruzó Europa en furgoneta. También hubo lugar para esas chicas a las que conoció y con las que había compartido vida y aventuras varias, y para los campamentos de verano en los que fue monitor de niños. Me resultaba muy curioso el cómo decidió pasar de los estudios de química tras acabar la carrera para irse a su pueblo a dedicarse al campo, y seguramente muchas otras cosas que ahora ya no recuerdo.

Me encantaba escucharlo. Cada una de sus historias alimentaban de alguna forma mis ganas de seguir viviendo para poder tener mi lista propia de historias que contar algún día. Me quedaba más de año y medio de tratamiento por delante, no había llegado ni a la mitad, pero me gustaba imaginar cómo sería una hipotética vida "normal" cuando todo hubiese acabado.

La leucemia, y el cáncer en general, tiene la capacidad de robarte casi todo: el tiempo deja de pertenecerte y no puedes elegir a qué quieres dedicarlo ni con quién compartirlo. El hospital pasa a ser casa y cárcel al mismo tiempo, y la quimio salvavidas y castigo.
Pero hay algo que ningún cáncer, ningún hospital, ni ninguna quimio tuvo la capacidad de arrebatarnos: imaginar y soñar despiertos. Estábamos en la mierda, pero con aquello nos entreteníamos Y NOS HACÍA MUY FELICES. Era la única forma de escapar de la sexta planta, y aquel juego se nos daba de puta madre.

- ¿Qué quieres hacer cuando todo esto acabe? ¿Has pensado en cómo vas a recuperar el tiempo que estás dedicando a estar tumbado aquí a costa de mis impuestos? Venga, va. ¿Cómo te imaginas todo dentro de diez años? - me preguntó aquel día por primera vez.

No supe contestar, y durante mucho tiempo hice, deshice y rehice una lista de sueños pendientes. La lista sigue en (de)construcción continua, y aunque la mayoría de cosas que imaginaba o quería hacer aún siguen esperando, y seguramente en esto tenga mucho que ver haber perdido toda la perspectiva con la que veía la vida aquellos días, la vida me acompaña y seguir teniendo tiempo para decidir cómo, dónde, cuándo y con quién, es algo que me consuela. Y es que realmente no se precisa mucho más.

Tras varias veces tener conversaciones del estilo, nuestros tratamientos, el de Edu y el mío, tomaron diferentes caminos: mi cuerpo respondió muy bien a la quimioterapia y él precisó un trasplante de médula ósea.
Durante su trasplante fui a visitarle, como no podía ser de otra forma. Hablar por teléfono no era lo mismo, no se podía soñar igual con cómo sería todo cuando pasasen diez años. Y en la última visita que le hice... él no se encontraba nada bien. Volvimos a soñar despiertos como si de un juego se tratase. Y también nos hicimos una promesa, una promesa con la boca pequeña, por el vértigo que daba que pudiese ser real: nos prometimos que si alguno no lo conseguía, el otro sería feliz por los dos, la cagaría por los dos, y quemaría cada instante por los dos.


Y nunca más volvimos a vernos. No pudo ser. Pero siempre he cumplido esa promesa y en ello sigo. Y ojalá el mundo entero pudiese saber que me salvaste en muchos momentos y durante muchos días antes de volar.

Soy consciente de que celebrar estos diez años es un regalo. Un regalo del que tú no pudiste disfrutar. Y por si fuese poco, contigo se fueron otros pelones que duelen y duelen mucho. Mónika o Ángel me rompieron muy fuerte... y no quiero seguir para hacer una lista larga de nombres. Porque no quiero y no me sale de los huevos, porque no es justo y porque en un día como hoy me da rabia acabar llorando y que no sea de felicidad.
Pero esta enfermedad es una hija de puta y volvió a casa. Y hoy, 10 de julio, hay una llamada que por segundo año no he recibido y he echado en falta por encima de todas: yayo, te echamos mucho de menos.



Diez años. Han pasado diez años. Ese periodo de tiempo que parecía que no iba a llegar nunca, epicentro de nuestros juegos mientras soñábamos despiertos.
Todo llega y todo pasa. Y siempre digo lo mismo: ahora echo la vista hacia atrás, hago retrospectiva, y sigo con la extraña sensación de sentir que no fui yo quien vivió todo aquello. Como si fuese imposible haber pasado y soportado tanta incertidumbre y tanto miedo.

Esta última vuelta al sol empezó algo turbulenta, nada que no tuviera solución, lances de la normalidad, de lo cotidiano y la rutina. Problemas que no debían serlo, porque eso era lo que había creído aprender mientras escribía, entre paréntesis, esto a lo que llamamos vida.
Pero todas esas lecciones no se olvidan, y volvieron las causalidades, y los para qués con sus para algo.
Y todo, poco a poco, se recondujo. Y este último año me ha deparado cosas maravillosas: gracias a  una persona increíble, Alexandra, he tenido la oportunidad de cumplir un sueño: he formado durante unos meses parte del equipo de la Fundación Carreras contra la Leucemia. Creo que pocas cosas me han hecho tanta ilusión en mi vida. Y nunca, nunca, nunca podré agradecerle ni hacerle saber lo mucho que ha significado para mí. El maldito coronavirus tan solo me permitió disfrutar durante un mes de poder ir a la oficina y sentirme como el niño que quiere ser astronauta y le abren las puertas de la NASA. Luego llegó el teletrabajo. Y ahí se volvió a torcer un poquito todo, dejándome una sensación agridulce, como de no haber podido exprimir la oportunidad, ni demostrado todo lo que podría haber aportado en otras circunstancias. Y aún así, cada vez que lo pienso me sale una sonrisa tonta... y es que no ha estado nada mal como guinda de un pastel que ha tardado en acabar de cocinarse diez años.



Feliz vida a todos, y que las causalidades y la energía positiva acompañen a todos los pelones que ahora mismo sueñan imaginando cómo será la vida cuando todo acabe. Todos esos malos días merecen la pena, PROMETIDO. ¡PA' LANTE SIEMPRE!




miércoles, 10 de julio de 2019

9 años después





Últimamente no pasaba otra cosa por mi cabeza: llega el día.
Y desde hace algunos meses los pensamientos sobre todo esto son más recurrentes y el miedo se dispara.  

10 de julio. El jodido 10 de julio de 2010. Tal día como hoy llegaba al hospital con un diagnóstico de mononucleosis. Sin embargo, tres analíticas y una radiografía más tarde, todo cambió.
Y fue así, sin más. Sin esperarlo. Sin poder creerlo.
Y es difícil quitarse el nudo de la garganta, pero más difícil es huir del vértigo que realmente me ha ido dando todo esto a lo largo de los años.
Y sí, no sé si mientras estoy escribiendo lloro de felicidad, por rabia, por miedo, o por todo a la vez.

No digo que no sea feliz, porque lo he sido y lo soy. Y con suerte, hoy arde Barcelona.
Pero en muchas ocasiones, toda la felicidad del mundo no hace fácil lidiar con todos esos fantasmas que de vez en cuando se revuelven.

Hace pocos meses comencé a ir a terapia: yo era consciente de que todo este proceso quizá no lo había gestionado todo lo bien que me hubiese gustado (y que, incluso, he pretendido mostrar de cara a la galería).
Ahora sé que, efectivamente, fui tapando. Y claro, en 9 años… tanta mierda no cabe bajo la misma alfombra. Y lo peor es que acaba teniendo repercusiones a muchos niveles.

Hoy es mi noveno cumplevida. ¡Han pasado 9 jodidos años desde que todo empezó! Pero… hasta hace apenas año y medio el hospital ha sido el centro en torno al cual giraba mi vida.
Aunque suene raro, creo que me había “acostumbrado” a ello, a planificar y estructurar mi tiempo en torno a las citas del médico, las consultas, los resultados de médula, las operaciones de la cadera… y eso se acabó. Y me he sentido perdido. Y llegó el vértigo.

Vértigo por no saber muy bien cómo llevar una vida normal, pero más vértigo aún por no estar acostumbrado a la normalidad.
Vértigo y miedo por el “¿ahora qué va a ser lo que tuerza todo? ¿de verdad esto se ha acabado? ¿ahora qué?”.
Y me da rabia cuando me cago vivo. Cuando todo ese vértigo y medio se me escapa de las manos.

Pero en terapia no solo he sido consciente del miedo que me da pensar en todo lo que ha pasado y el miedo que me produce sentir que esto podría repetirse. También he ido aprendiéndome y descubriendo que ese miedo me ha hecho correr mucho. En todos los aspectos de mi vida. Como queriendo vivir ahora todo muy deprisa pensando en el “¿y si mañana no puedo? Y no me apetece seguir así. Quiero menos miedo y menos prisas, e interiorizar que ahora mismo todo está bien y no tiene por qué pasar nada más. O sí, pero no por mucho pensar o correr puedo solucionarlo.

Así que así estamos un 10 de julio, nueve años después. Trabajando y aprendiendo a gestionar todas las emociones que genera ser un pelón.



GRACIAS POR HABER HECHO POSIBLE QUE FUERA UN PARÉNTESIS

Siempre he pensado que ella me salvó la vida.
Curarme y superar todo esto ha sido gracias a mucha gente: mi familia, mis amigos, mis batas blancas, los pelones con los que he ido relevándome en esfuerzos y ánimos, los pelones que no pudieron más y a los que les debo todas las ganas de disfrutar el regalo de vivir cada día.

Pero ella… joder. Ella me salvó. Literalmente.

Apenas habían pasado unos meses desde que todo había empezado, los ciclos de quimioterapia ya se notaban por dentro y por fuera. Ya no me miraba en el espejo ni quería que nadie me hiciese fotos porque no me quería ver, no me reconocía.
Ya sabía lo que era estar tan débil como para no poder levantarme de la cama en unos días. Ya había llegado al punto de sentirme más seguro ingresado en el hospital que estando en mi propia casa. Ya había visto cómo cerraban las puertas de toda la planta con cara de circunstancias, y aprendido a que no tenía que preguntar por qué.

Y una noche no pude más. Y pedí a una de las enfermeras de la planta que llamase a la doctora Martín. Supongo que fue muy evidente que algo no iba bien, porque no necesité insistir mucho.

Esperé unos minutos sentado al borde de la cama, agarrado al palo de la quimio. Y apareció.

Me preguntó que qué pasaba, y antes de decirle que tenía mucho miedo, empecé a llorar. Ya no podía controlarlo más. Y entre sollozos y casi sin poder articular palabra pude hilar un: “me encuentro muy mal y tengo mucho miedo. No sé si me estáis diciendo la verdad. No me quiero morir”.

Me dejó llorar un poco hasta que me tranquilicé. Me empezó a secar las lágrimas con los dedos y me dio un abrazo.
Se sentó a mi lado, me cogió de las manos y me miró a los ojos. Yo tenía que apretar los dientes para no llorar más, y ella… hizo magia:

“No tendrías que estar aquí. Tienes 20 años y deberías estar yendo a la universidad y saliendo con tus amigos. Llegaste muy malito, mucho, pero todo está yendo muy bien. Sé que te encuentras fatal, pero es porque el tratamiento está haciendo efecto. Tenemos que ir paso a paso, día a día. No te puedo prometer que te vayas a curar porque sería mentirte, pero esto es una carrera de fondo, tenemos que ir día día, y nosotros estamos muy contentos porque está yendo muy bien.

Sabes que nos tienes a todos a tu disposición cuando lo necesites. De hecho te voy a dar mi número de teléfono y no quiero que dudes en escribirme o llamarme si lo necesitas. Da igual si estás aquí o en casa, pero no puedes agobiarte así.

Elías, estás haciéndolo muy bien, y te prometo que nosotros estamos haciendo todo lo posible para que esto sea sólo un paréntesis.
Y es que va a ser un paréntesis y después recuperarás tu vida. Y vamos a celebrarlo juntos. ¿vale? Nos centramos en ir cerrando día a día este paréntesis, ¿de acuerdo? Y te prometo que nunca te voy a engañar. Si pasa algo vas a ser el primero en saberlo, eres mayor de edad y nunca te voy a mentir. Y te repito que llegaste muy malito, que los pronósticos quizá no eran los mejores, pero estás respondiendo muy bien. Y vamos a hacer que esto solo sea un paréntesis”.

Sí, obviamente la llorera posterior fue intensa. Pero es que aquella conversación lo cambió todo. TODO. No sé cuanto rato nos abrazamos. No sé como pudo ayudarme a quedarme tan en paz.

Y antes de salir por la puerta se giró y me dijo:

-          ¿Qué va a ser esto?
-          Un paréntesis…

Y aquello, sin saber cómo, lo cambió todo. Después ha habido mucho miedo, pero siempre tuve en el paréntesis, una tabla de salvación a la que aferrarme.


  
PDTA: Es imposible no tener HOY en la cabeza de forma constante a todos los pelones que un día no pudieron más y se pusieron las alas antes de tiempo.

Han sido muchas despedidas. Y las odio con todas mis fuerzas, como a veces odio a esta puta enfermedad.
Edu fue el primero en romperme un poquito con su marcha. Mi yayo ha sido el último (y aún no puedo sentarme a escribir sobre ello).

Pero por todos ellos, si lees esto, por favor, dona médula ósea. Regala esperanza. Que ahora mismo hay muchas personas que están esperando a que el teléfono suene diciendo que se ha encontrado un donante compatible.

¿Te imaginas la desesperación que se puede sentir cuando tu vida depende únicamente del altruísmo de otra persona?

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Yo también voy a tener invierno


16 de noviembre de 2017.  Principio del fin de una mierda muy larga.  

Hace una semana estaba en un tren, camino a Barcelona, pensando en que los dos últimos años, tal día como hoy, el viaje era en sentido contrario.
Y es que tres años después, yo también voy a tener invierno. Que la vida no se vuelve a parar de noviembre a febrero.

Es el primer año sin dolores, sustos, ni ingresos… y aún me cuesta creerlo.
Me miro,
veo cicatrices en las piernas,
                 y alguna más por dentro,
con esa extraña sensación,
de que todo hubiese pasado hace ya mucho tiempo.

Estaba en un tren, camino a Barcelona, con un nudo en la garganta.
Y con los ojos cerrados me evadía pensando,
que yo también voy a tener invierno.
Y voy a tener que empezar a creérmelo.
Y quizá también aprender a vivir de nuevo. 
Porque sobrevivir no es lo mismo,
y llevo ya un tiempo preguntándome
si yo de verdad creía en que llegaría este momento.

pero hoy... no me voy a responder,
porque quizá si me soy muy sincero,
se abra
            una cajita de miedos.

Y por eso me repito,
una y otra vez
que yo también voy a tener invierno. Que la vida no se vuelve a parar de noviembre a febrero.






Pd: todo el mundo sabe que los días pre-ingreso son una puta mierda.
Pd2: mañana tocará celebrar el segundo cumplecadera de la pierna biónica izquierda.
Pd3: pasado, primer cumplecadera de la derecha.
Pd4: Y así todo. SIEMPRE. ¡Hoy nos toca reír!
Pd5: al rico fresco de noviembre post curro.

martes, 4 de septiembre de 2018

¿Y si... se está cerrando el paréntesis?

Todo llega y todo pasa.


Y llegó.
Después de casi 3 años, en febrero, se acabaron las muletas.
Poco a poco se fueron borrando los conceptos “dolor” y “limitado”.
Y, la normalidad, de alguna forma se volvió a hacer hueco.
Y por si no tenía mucho tiempo,
por si algo volvía a torcerse
salí ahí fuera, de nuevo, completamente desbocado,
como si así pudiese recuperar el tiempo,
que si bien no ha sido tiempo perdido,
nunca dejaré de sentir que me lo han robado.

Han pasado 8 meses desde que volví a Barcelona con una segunda cadera biónica.
Meses en los que, de alguna forma, he vuelto a sentirme como hacía años.
A veces me da por pensar en un ‘¿y si ya se ha acabado todo? ¿y si el paréntesis se ha cerrado?’
Y a pesar de que lo siento próximo,
no me confío, por conocerme,
y porque este cuerpo es capaz de devolverme otra hostia (una más) cuando menos me lo espere.

Antes de cumplir los 20 años perdí la potestad de decidir cómo, cuándo, dónde y con quién,
Pasé a depender. Y... 8 años de dependencia dan para mucho:
Depender del tiempo y las ganas de los demás para recibir una visita en el hospital.
Depender de la analítica para poder dormir en casa.
Depender de un millón de citas médicas para planificar mi vida personal.
Depender de la cara de una bata blanca. Susto o muerte, lo normal.
Depender del dolor, o de que no duela.
Depender de pirulas y dos muletas,
Depender, cansado, de no tener nunca las riendas.

He vuelto a releerme,
y ahora me veo desde otra perspectiva.
Las últimas entradas las escribí frustrado y con mucha rabia,
tanta, tanta,
que me quedé sin mierda para seguir cagándome en el mundo,
Pero todo llega y todo pasa, 
y mañana no tocan ni agujas ni despedidas.  
Y sí, esta noche seguro que duermo en mi cama.

Sin saber aún, si ya se ha cerrado el paréntesis,
mientras dure esto… siento que cada instante de los 8 últimos años ha merecido la pena.
Por todo lo aprendido,
por en quien me ha convertido,
Y por ellos, que no pudieron,
y me hicieron entender que cada día gris es un día perdido.

Dije que a la vida le echaría un par de sonrisas,
y que vivir exigía algo más que respirar.
Y a pesar de que han sido demasiados los días en que me he vaciado y lo he llorado todo,
Si en estos últimos meses se me han empañado los ojos,
ha sido, aunque ni a veces yo lo crea, de jodida felicidad.

Antes de cumplir los 20 años perdí la potestad de decidir cómo, cuándo, dónde y con quién,  
Pero hoy, ahora y en este preciso instante,
a horcajadas de la vida, 
con cara de 'ahora te vas a cagar"
me follo cada segundo,
y así, causalidad tras causalidad,

  

martes, 12 de septiembre de 2017

Esto (sí) es vida.

(Día 2.517)

Paso a pasó todo llegó.

Lo que pasa es que he sido (y soy) un poco sinvergüenza y, una vez más, me ha costado volver a sentarme y abrir la ventana.

Pero sí. Poco a poco y paso a paso… se sucedieron aquellos tres meses de recuperación y empecé a acostumbrarme a la prótesis, o ella a mí (aún no sé muy bien cómo pasa esto).
Y cuando a penas llevaba un par de semanas libre de muletas, la otra cadera comenzó a quejarse.








Pero eso no cambió el plan de ruta: el 15 de febrero empezaba sí o sí la aventura barcelonesa. ¡Y de eso han pasado ya casi siete meses!

Y… ha merecido la pena.

Es cierto que durante todo este tiempo las quejas de la cadera que me falta por operar han ido en aumento, pero, aún así, merece la pena.

Y es que no pude hacer Erasmus, no había tenido la oportunidad de vivir en el centro de una gran ciudad, aún no sabía lo que era compartir piso con amigos y, por supuesto, hasta ahora había sido bastante difícil elegir cómo quería vivir mi día a día. 

Y ahora (con limitaciones) disfruto de todo eso y mucho más.

Mamá no opina exactamente lo mismo que yo. Menos aún cuando se nos pasan varios días sin hablar… pero los dos siempre caemos en la cuenta de que es una buena señal.



Porque me he perdido por calles a las que no tenía previsto llegar,
he vivido momentos para el recuerdo
y he conocido personas que han dado sentido a toda esta causalidad.

He amanecido en la playa,
he dormido en sofás,
He echado de menos a mi familia,
a los míos,
pero...

Casi siete meses son sólo el principio,
y ahora solo quiero más.
Más, más y más.







Eso sí, queriendo más, en mi cabeza ya empiezan a revolotear la próxima biopsia de médula y la última visita para ponerle fecha a la próxima prótesis. El final de septiembre llega fuerte... 

(Aún no sé si aún estoy preparado para volver a pasar 3 meses en cama aunque tiene pinta de que no se acaba el año sin pasar por el taller. Supongo que volver a Barcelona siempre será un buen objetivo para echarle ganas a eso de recuperarse).

Porque espero que, por fin, este sea el último paréntesis, y después...¡que esto siga siendo vida!

Y si soy menos sinvergüenza de lo que acostumbro, espero pasar pronto por aquí para contar que la médula sigue portándose bien.






jueves, 15 de diciembre de 2016

Paso a paso

(Día 2.250)


Ayer, un mes,
y paso a paso.

Aún con muletas,
pensando en movimiento,
y despacio.
Paso a paso.

Creía que a estas alturas
habría mejores nuevas, 
pero... 
paso a paso. 

Y quizá en algún momento de la existencia del ser humano 
comience rehabilitación,
pero...
paso a paso.

Mientras tanto,
y así de simple,
un árbol basta para liberar dos manos.
Todo se resume en eso.
Un punto de apoyo
y paso a paso.

Y es que hoy también
me ha dado por releerme.
Por encontrarme
Por buscar en el cajón.
Letra a letra.

Y empiezo a echar cuentas
de lo que contaba en aquellos días:
Nochebuena y Nochevieja de 2010,
poco pelo y aislamientos;
un año después
seguía flotando a la deriva.

Por eso,
a pesar de que paso a paso
todo se vive lento y se siente despacio,
no quisiera perder la perspectiva.

Paso a paso,
y puede ser 
que un mes sólo sean
(a veces, y sólo a veces)
30 días.





viernes, 25 de noviembre de 2016

Aprendiendo a andar

(Día 2.230)

Terminé la última entrada y me fui a dormir. Pero sólo se quedó en el intento. 

El día comenzó muy pronto, pese que hasta las doce del mediodía no tenía que ingresar.
Últimos preparativos. Maleta, neceser, bocadillo de jamón, almohada, libro, música, mala leche.

Llegó el momento de partir y bajé al coche, que lo había aparcado algo lejos el día anterior. Y ya montado me acordé de que no había cogido la pulsera roja. Sí, esa que te dan el día de las pruebas cruzadas para tenerte preparados fileticos tiernos, tiernos, si se terciara o terciase.

Y vuelta a casa con el coche, soltando sapos y culebras, hasta que un contenedor se interpuso en mi camino cuando traté de aparcar rápido. Y pim, pam, toma lacasitos. Me había dejado media aleta, así, sin darme importancia. Y cuando mi señora madre clamaba a los dioses para no darme un muletazo de época recordé que no hay mejor defensa que un buen ataque. Y hasta ahí puedo leer (porque si no el muletazo me lo acabo llevando).


El caso es que el lunes no podía haber empezado mejor. Pero subí a casa, cogí la maldita pulsera, y con tres cuartos de mi pequeño huevo llegué al hospital. 

No iban a obligarme a ponerme ni una sola pulsera. No iba a estar más de un día ingresado. No iba aceptar cualquier otro escenario. Así de chulo.
Y... quince minutos después de llegar al SPA no llevaba ni una, ni dos, ni tres, si no tres pulseras

Y tras las tres pulseras me esperaba, en la suit asignada, una bonita bata de lunares, así con mucho escote en la espalda. Esa que deja el hojaldre expuesto a las inclemencias meteorológicas y no meteorológicas.

Y ya, de aquella guisa, estaba más que cabreado, más que nervioso, más que acojonado. Mordía. Llevaba mordiendo ya unos días, pero es que ya no me aguantaba ni yo. Ni aguantaba la espera. Sabía que era el segundo del turno de tarde, pero hasta que me prepararon, me pareció llegar a entender el concepto de eternidad.

But... ¡Llegó el momento! Lo sabes porque vienen a rasurarte (y como es la segunda vez que me operan de la cadera... ¡no me pillaron! No. Y es que en la primera protagonicé una escena muy cómica por este motivo).
Muslo suave.
Pirula bajo la lengua.
Gorrito verde para combinarlo con la bata. Ah, ¡y pulseras!

Y llegué al quirófano, ya un poco afectado por los psicotrópicos. Allí, reuní las fuerzas suficientes para incorporarme en la cama, y mirar a todos:
"Confío en vosotros. Gracias de antemano por todo. Y perdonad el cuerpo escombro que hay bajo la bata, espero no traumaros" Y nos reímos todos y yo debí caer esnucao.

Lo siguiente fue la sala de reanimación, unas cuantas horas allí, y me subieron a planta de madrugada.

Una buena meada de anestesia a las cuatro de la mañana me despertó por primera vez. A las seis fue el hambre, pues llevaba desde el domingo por la noche sin comer ni beber. Bocata de jamón y otro sueñecito rico.

Y como todo el mundo sabe, en un hospital se empieza pronto el día. Así que ya no esperé más y miré por primera vez bajo de la sábana.
Apósitos y un drenaje. No mucho más.

Todo había salido bastante bien y así nos lo transmitieron.

Y por majo me dejaron un botoncito mágico. Sólo tenía que apretar si el dolor apretaba para que los mórficos hiciesen de las suyas. Me avisaron de que me podía revolver un pocjajajajajajajaja.


¡Magia! ¡Arte moderno! ¡Viva la morfina!



No pude ser más obediente, si (pre)veía que el dolor acechaba... clic. Y así durante los tres primeros días. Porque sí, eso de que no iba a estar ingresado más de un día...

Sin embargo no me dejaron colocarme gratuitamente:
A las pocas horas me obligaron a dar un par de pasos y sentarme. Vi hasta las estrellas que aún no se han formado.
Además sentía una sensación horrible, como si todo dentro de mi pierna estuviese descolocado. Me daba grima. Y notaba la pierna de la cadera operada más larga que la otra... "¡ya verás, han medido mal y...!".

Dos radiografías después, y tras verlas con mis propios ojos, asumí que todo estaba en su sitio y que aún seguía cagado. Y hacía bien, porque...
ni cuarenta y ocho horas después comencé con la rehabilitación. Entendí perfectamente a Amy y su no, no, no. 

¡Qué dolor! Paloma, la fisio, hizo lo que tenía que hacer, pero a mi me parecieron técnicas de lucha albano-kosovares. Dudaba mucho de que si la prótesis estaba bien colocada, no se saliese. Dudaba mucho del ser humano. Cerré los ojos y me dejé llevar, nihilista total.

Sin embargo, las sesiones de los días siguientes fueron todo alegrías. Estaba claro que tenía la pierna hecha un cisco en general, pero nos habíamos propuesto recuperar toda la musculatura y movilidad posible. Y tuve la suerte de dar con gente excepcional. Y sigue doliendo, pero también se van viendo pequeños progresos.

Y ahí hubo un punto de inflexión.

No por el hecho de bajar a la sala de torturas, si no por ser consciente de que todo ese sufrimiento se estaba transformando en la realidad que llevaba tiempo esperando.

O no. O el punto de inflexión llegó con el maravilloso INHIBIDOR DEL MAL HUMOR.

La verdad es que no lo tengo claro. No sé cuándo llegó el punto de inflexión concretamente, pero llegó. Y tenía ganas de escribir esta entrada para contrarrestar la anterior.

A pesar de que los tiempos de recuperación quizá son más largos de lo que yo preveía y eso va a retrasar muchos planes, va a merecer la pena.
Porque todo merece la pena.
Porque no tenía sentido tanto drama.
Y porque todo es causalidad, y así ha vuelto a ser.
Y porque en cuanto me vuelve la mala leche por sentirme demasiado dependiente (durante mucho tiempo voy a necesitar hasta que me pongan los calcetines) vuelvo a tener la capacidad de contar hasta diez y dar a esto la importancia que tiene.

Y dejar el hospital fue el último empujoncito para afianzarme en la senda del positivismo.

Ahora, ya en casa, me quedo mirando al cielo para saber si voy a poder salir a dar algunos pasos con mis mejores amigas, las muletas, ¡claro! (que están en proceso de customización).

Esto de volver a aprender a andar está siendo, literalmente, una metáfora.

Mientras en la calle pienso en que tengo que doblar la rodilla y apoyar primero el talón, en la cama me brotan razones que dan explicación a levantarme con la sonrisa dibujada.

A veces pierdo la perspectiva, y tengo bastante claro que la última entrada fue totalmente exagerada. O quizá era lo que sentía, pero por suerte... me han debido cambiar el prisma.

Y duele, y limita, y es una putada, pero una putada con un fin previsto. Y tras el fin comenzará todo de nuevo, pero sin dolores.

Paso a paso y tocando fondo para coger impulso.
A veces con fuegos artificiales y piruetas. Otras, sin saltos mortales.

Y... continuará :)

(Gracias, gracias y más gracias a quienes lo habéis hecho tan fácil.
A quien estuvo hasta bajar al quirófano, a los guardaespaldas, a quien me trajo a Benedetti, a mi madre, a las mujeres de la 4ªB, a quien carga la mochila, a quien me está encontrando el cuádriceps, a quienes padecen insomnio).





lunes, 14 de noviembre de 2016

EFECTOS secundarios PRIMARIOS

No sé muy bien cómo comenzar esto.

He estado rumiando rabia y frustración durante los últimos tres días. Y vuelvo a estar aquí. Como si no hubiese pasado el tiempo.
Por eso el título de este post tiene que tener nombre propio.

Le he dado muchas vueltas. ¿Y si llega un pelón o pelona que está comenzando en toda esta mierda por primera vez al blog? ¿Qué cojones va a pensar? ¿Y aquello de pretender que esto fuese un foco de energía positiva?

...

Y aquí estoy. Escribiendo.
En la misma silla, en el mismo escritorio y con el mismo ordenador, sí. La misma escena que se repitió tantas noches. La misma ventana para vomitar bilis. La misma nausea atravesada en mitad de la garganta. Y... ¿el mismo miedo? No. No es el mismo. Pero me acojona igual.

No puedo cerrar los ojos y recrear la sensación de una noche ingresado en el hospital. Es superior a mí, me produce ¿qué? ¿pánico? No tengo claro qué es sentir pánico, pero no sabría describirlo mejor. Viene y va. Viene y va.

Y todo, simplemente, porque mañana es El día.
El día debería ser el principio de un punto y final que ha tardado mucho demasiado en llegar. Mañana, en principio, me despediré de un compendio fantabuloso de dolores y limitaciones. Dolores y limitaciones que llegaron con los efectos secundarios primarios.
Porque el mismo tratamiento que me permite estar escribiendo aquí y ahora, es el mismo que ha provocado que mis caderas ya no puedan menearse como las de Shakira (toda persona que ha pasado una noche conmigo con las caderas no necrosadas, sabe que tengo un ritmo infernal).
Y sí, después de casi catorce meses como catorce soles, comienza oficialmente mi etapa de viejoven.
Me espera una prótesis.

Y no estoy contento. ¡Estoy hasta los huevos! ¡Pero hasta los huevos!
Porque llega de imprevisto. Porque conlleva que se agoten los planes B. Y porque no soporto una puta habitación de hospital.

>Recapitulo:

A finales de septiembre de 2015 comencé a sentir un dolor en la ingle. Aquello, de por sí, provocó una ebullición de miedo en forma de ganglios. El susto pasó. Pero los efectos del diagnóstico real se han ido acentuando día a día. La cabeza del fémur izquierdo se estaba necrosando. ¡Por aquel entonces, claro! Porque lo que se pueden encontrar mañana... yo no sé si es un hueso necrosado o su digievolución.
En mayo de este año se intentaron salvar los muebles, esquivar la prótesis. Una intervención menor que, con suerte, podría producir que la necrosis dejase de avanzar, aliviar el dolor.
Pero... una mierda (como un piano) para mí.

Desde entonces, tras la no recuperación, decidí abordar los efectos secundarios primarios de toda esta jarana a mi manera. Porque me he cansado de conformarme.
¿De verdad no haberla palmado lo compensa todo? En este punto creo que no.

Se aceptan las taras a nivel cognitivo. De hecho, como son obviadas por la gran mayoría al ver un aspecto "saludable", uno no es que lo acepte, es que se resigna a asumir que hay que hacer malabares para sobrellevarlas (y muy aburrido de que tan poca gente empatice).

¿Pero las físicas? ¿Uno se puede resignar también? Es que a mí no me sale.
No he sido capaz de acostumbrarme a este dolor. Misión imposible. Y eso que los dolores que al principio me parecían fuertes ahora parecen una broma.
Y ya, durante las últimas semanas, cuando de repente todo se para y esos pinchazos me han doblado, no me ha importado juntar cuatro pirulas y pasarme por el forro la prescripción oficial. Porque un día a día marcado por el dolor no es vida. No. No lo es.

Ese dolor se ha traducido en diferentes daños colaterales.
Me ha hecho ser una persona dependiente. Me ha robado horas, días y semanas. ¡MESES! Ha cambiado mis planes a su antojo. Me ha traído desgana, apatía y me ha envenenado. Y hace mucho tiempo que siento que yo no soy yo.
Porque únicamente soy lo que todo lo que se va sucediendo me deja ser.
Y no soy yo ni conmigo mismo ni con los demás. Porque no estoy seguro de que nunca haya afrontado esto de la mejor forma. O al menos la más sana. Y no, ya no se dónde termina mi piel y empieza la coraza. Y quizá, siendo un poco más transparente... tantas cosas no habrían sido como al final han acabado siendo... Quizá ni empezado. Quizá.

Me he esforzado por buscar una paz ficticia, por alimentar un mundo de caminos rectos, sin vaivenes. Por cerrar El paréntesis. Pero no.
Nada de eso se puede forzar. Y el resultado es este. Es esto.
Es un "otra vez". Una nueva pulsera roja, que me echa mucha tierra encima. Mucha.

Y no.
No son efectos secundarios. Son efectos primarios.
Porque influyen de manera negativa y de forma constante,cada día. Porque impiden sentir que por fin todo ha terminado. Porque provocan que cada traspiés se sienta como un coletazo más de aquel monstruo.

Y aquí estoy. Escribiendo.
En la misma silla, en el mismo escritorio y con el mismo ordenador, sí. La misma escena que se repitió tantas noches.
Porque hace tres días tuve que regresar a Alcalá.
Porque vuelve a ser la salud la que hace que todo se dé la vuelta. Y porque ha tirado por tierra un montón de decisiones difíciles con las que me ha costado mucho lidiar. Porque es injusto atreverse a saltar al vacío y arriesgarse a un todo o nada y que, de repente, tenga que aparcarse. Otra vez.
Y porque desde que he vuelto, he ido dilapidando horas, por inercia. Mi cuerpo me pedía estar entretenido, pero la cabeza ha jugado a ir a su ritmo.
Y se me ha hecho bola.
Aunque tampoco he querido tocar el tema con nadie. Jugando a evadirme hasta que llegase El día, el lunes (hoy, técnicamente).
Y aquí está.

Y juro por los dioses antiguos que me cago en todo lo cagable.

Aunque también prometo que, si finalmente en unas semanas todo ha ido bien, volveré para desdecirme y achacarlo a un ataque de histeria. A una de esas veces en las que es necesario tocar fondo para volver a coger impulso.

Y ojalá ese impulso me devuelva pronto a un tercero sin ascensor. A escuchar las campanadas de la catedral. A dejarme, por fin, vivir la vida como yo decido, perdido entre calles estrechas y peatonales. Lejos de todo este Ruido. Sin más cambios de dirección impuestos.

Ojalá pronto pueda empezar una entrada diciendo:
"Y aquí estoy. Escribiendo.
Pero no es la misma silla, ni el mismo escritorio.  Y aunque sea el mismo ordenador, esta ya no es la misma escena que se repitió tantas noches".
¡Ojalá!

---

Es raro. Después de soltar tanto lastre me siento más ligero... pero no puedo evitar escuchar ya cómo los pitidos resuenan en los pasillos oscuros del hospital. Me es imposible no pensar en estar encerrado allí. Las máquinas toda la noche parpadeando. Goteros. Preguntas. Molestias. Reminiscencias. ¡ASCO PUTO!
Mierda. Mierda. Mierda.

No sabía cómo empezar esta entrada. Tampoco cómo cerrarla.
Así que nada, en unas horas nueva herida de guerra. Y ya está. Porque como a alguien se le ocurra dejarme con cojera el resto de mi vida... correrá sangre.
Y bona nit se ha dicho.

(PDTA: ya profundizaremos en más efectos primarios... o no).

jueves, 11 de septiembre de 2014

Día 1526

No me voy a volver a disculpar por abandonar esto, porque estoy seguro de que ya no cuela.
Pelones pasados, presentes y futuros, esta entrada va a ser muy escueta, pero muy gráfica.






Playa,
Euskotierras,
¡¡¡¡Bodorrio pelón!!!

Todo marcha viento en popa y a toda vela, y desde que escribí la última vez todo ha ido muy bien.

Siento la ausencia, pero la vida ahora es diferente. Sin embargo, a pesar de la brevedad,
espero que quien pase por aquí sonría una vez más.



                                                                   



lunes, 3 de febrero de 2014

Día 1306

Han pasado muchos días desde la última vez que escribí. Muchas cosas.
Van pasando poco a poco, pero se me acumulan y ya no sé cómo meterles mano. Pero intentaré ordenar todo lo que quiero contar (y si puedo, ser breve).

A principios de noviembre todo se "torció". Bueno, relativamente. Un aspirado dio como resultado un pequeño rango de células monoclonales en la médula. El patrón monoclonal es el que siguen las células cancerígenas, para entendernos (o al menos así lo entiendo yo).
El caso es que se encendieron todas las alarmas, luz roja. Imaginad lo que supuso, o mejor no, porque es indescriptiblemente horrible.
Hicimos una biopsia de comprobación (o de descarte, según como se mire), y ahí seguía ese pequeño rango. Otro, y más de lo mismo.

La buena noticia es que tengo en mí médula algo que no sabemos qué cojones es, ni qué puede desencadenar, ni conllevar en el futuro, ni nada. La buena es que la leucemia ya sabemos cómo es: se activa y arrasa en cuestión de días con todo. ¿Podría ser una mutación que padece más gente de la que los médicos creen pero como los no pelones no se hacen estas pruebas nunca llegan a saberlo? Podría. A veces pienso que es eso, células parásitas acomodadas en mi cuerpo. Otras, que hay una bomba de relojería que no sabemos cuando va a explotar.
Me han dado un pequeño descanso en cuanto a las biopsias, pero la próxima ya está a la vuelta de la esquina, así que seguiremos con las tensas mañanas de espera de resultados. Fantástico, ¿eh? Aunque a decir verdad, que la luz haya pasado de rojo a naranjacasirojo alivia.
Debo ser un caso raro, raro, raro…

Todo esto, además de todo lo que ha ido suponiendo la leucemia en mi vida desde que apareció, me motivó a visitar el loquero. Creo que a esa mujer la tengo hecha un lío… no sabe dónde se ha metido. Ya no sé cuantas secciones del hospital me quedan por visitar, pero no pueden ser muchas, ¿eh?

Y bueno, muchos de vosotros ya conozcáis el desenlace de Guzmán. Se nos ha ido otro pelón. Me ha tocado muy de cerca por muchos motivos y bueno… aún estoy en proceso de asimilación. El recuerdo de su padre desesperado hace algo más de un mes, mientras paseaba por el pasillo del hospital, me asalta los sesos una y otra vez. Se me grabaron a fuego las palabras con las que desde lo más profundo pedía que su niño se curase. Escalofriante.

Entre mis luces rojas propias y las noticias ajenas están siendo difíciles estos días.

Pero bueno, no sólo me paso por aquí para dejar las aguas turbulentas. Hay buenas noticias, aunque quizás no con el mismo peso que las malas.
Ya sólo me quedan 6 asignaturas para acabar la carrera, no sé cómo se me pueden dar tan bien los malabares, pero este cuatrimestre, que no estaba nada fino, ha sido un éxito (salvo por una asignatura a lo que no me presenté). Y laboralmente pues muy contento. Aunque como realizo una actividad muy relacionada con mi enfermedad todos los seres que usan bata blanca y se hacen llamar doctores, me recomiendan que desconecte de todo esto. Sin embargo no puedo.
Además, además, ademáááás… me han ofrecido intercambiarme con un trabajador de trrrrrrr tatatachán chimpún chascarás: ¡¡¡New Yooooork!!! Me lo dijeron y me temblaban las piernas. Aunque es primordial que primero este curso lo acabe igual que hasta ahora, porque en el trabajo me hacen mucho hincapié en que lo primero son los estudios.


Cal y arena en distintas proporciones… pero ahí vamos, hasta que los rangos de células monoclonales nos lo permitan.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Día 1158


Desaparecí. Desaparecí porque lo necesitaba, porque me lo pedía el cuerpo. Prácticamente hace un año que dejé la quimioterapia en cualquiera de sus formas. Desde entonces la vida se ha ido normalizando. Horarios normales, vida prácticamente normal, cara y cuerpo normales, preocupaciones (casi)normales. Lo que es más difícil es normalizar, o incluir en una rutina "normal" el terremoto que has vivido desde que todo, simplemente, cambió.

No sé cómo de normal es, y acabaré ya con tanta redundancia, lo que me pasa. Muchas veces se hace difícil el pensar, el recordar, o simplemente ser consciente de lo que ha ocurrido. De vez en cuándo tratas de aparcarlo a un lado por puro agotamiento mental. Pero al final no quieres que nunca se pierda lo mucho que ha significado, significa y significará esto. Y lo recoges, y lo cuidas.

Y por eso vuelvo aquí, porque exploto y suelto lo que no sería capaz de expresar de ninguna otra forma. Porque sé que le debo mucho a este blog, a escribir. Y porque fueron las palabras de otros, las que encontré por causalidad, las que hicieron que pudiese remar con tanta fuerza. Pero sobre todo, porque los que por una gran putada lleguen a este blog, tienen que saber que todo es posible cuándo se da lo mejor de uno mismo.

Desde la última vez que escribí he acabado otro curso de la universidad muy contento, he celebrado un par de punciones limpias más, he sentido la fugacidad del verano (con escapada al norte incluída), y me han liberado de toda medicación (después de haberme llegado a cenar 14 pastillas y alguna droga más diariamente).

Hoy estoy a un día de volver a empezar otro curso, como se hace normalmente. Y feliz, sobre todo muy feliz.

He recargado mucho las pilas y espero frecuentar más estos lares desde ahora. Vuelvo a tener ganas de dar guerra con #donamedula y toda causa pelona.

Un fuerte abrazo a todos, perdón, y hasta pronto.


martes, 5 de febrero de 2013

Día 943

 Vuelta a la radio y corriendo, que es gerundio

Buenas y cansadas noches. ¿Cómo estamos? Yo, echo polvo.

Creo que la única forma de impulsar este blog es narrar cómo es la "vuelta a la vida". No quiero decir que durante el tratamiento no se tenga vida, pero no es menos cierto que el concepto de la misma cambia totalmente. Por eso, ahora que vuelvo a sentir la vida de una forma "más normal", creo que es una buena forma para contar mi proceso de adaptación.

Habrá mucha gente que no lo sepa, pero soy estudiante de periodismo y comunicación audiovisual. El diagnóstico coincidió con el final del segundo curso, por lo tanto lo he retomado en tercero y me quedan dos más.
El caso es que los dos primeros años de carrera me dediqué a hacer un programa de radio con unos amigos en la Radio Universitaria de Alcalá de Henares. Me lo pasaba pipa. De todas las salidas que tiene lo que estudio, las ondas siempre ha sido lo que más me ha ilusionado. 
Estos mismos amigos me llamaron el otro día por si quería retomarlo. ¿Que si quería? Me subí por las paredes. He estado preparando cosas, y hoy, por fin, se consumó el regreso. ¡Otra vez al micrófono!
El programa se llama Cuestión de pelotas y es un programa deportivo. Algún martes de 18 a 20h podéis escucharlo aquí. Nada riguroso, mucho cachondeo, y mucho deporte, no sólo hablamos de "furbo".
Además hay un detalle muy especial, y es que el estudio está en el complejo universitario que hay al lado del hospital dónde he vivido tanto tiempo. No sé, muy bonito todo.


Por otra parte, y cambiando totalmente de tercio, por fin estoy dedicándome a otro menester que llevaba mucho tiempo queriendo hacer: deporte. Sí, me he comprado unas mallas y unas zapatillas de running para sentirme más profesional. He salido tres días en tres semanas. Uno por semana, exactamente. El caso es que esta semana quiero salir un segundo día, y así sucesivamente continuar progresando. El primer día aguanté sólo 9 minutos, hoy, aunque con paradas, 20. 
A ver si me pongo en forma, porque es acabar de correr, y siento que se me va a salir hasta el hígado por la boca. Hoy no he regurgitado la comida de los últimos 3 días porque se habrán alineado los planetas, pero... ¡qué mal lo he pasado!

Últimamente los días me dan mucho de sí, aprovecho muchas de sus horas, pero es un ritmo que no voy a poder aguantar mucho tiempo. Aún así estoy muy contento porque el cambio ha sido brutal. Hace no mucho no me hubiese creído sacar fuerzas para hacer tantas cosas en un día, y ya veis.

Todo llega, todo se pasa.

Soñad bonito, pelones, que seguro que a muchos de vosotros os queda nada y menos para ganar la batalla.


Pdta: gracias al Sambeiro, Mazito, Diego y al polaco.



jueves, 31 de enero de 2013

Día 938

No tengo vergüenza, pero además ninguna. Más de 100 días sin pasarme por aquí y vuelvo, como el que no quiere la cosa.

Este blog comenzó siendo una vía de escape, una forma dónde poder gritar todo lo que sentía. Además me pareció una forma genial de compartir mi historia con el mundo, y así poder animar a quién estuviese pasando por lo mismo que yo.
A día de hoy mis circunstancias han cambiado totalmente. A veces pienso que este blog se ha desvinculado demasiado de sus fines primarios. Ya no puedo contar cómo va pasando otra quimio, ni qué me dedico a hacer en el hospital. Es cierto que sigo yendo, pero las visitas son rápidas: consulta, confirmación de que todo sigue bien, y a casa.

He vuelto a pasar otra médula, con nota también, todo perfecto. Realmente todo está transcurriendo perfectamente, además me noto mucho más fuerte. Este último mes he sentido que el hecho de llevar estos meses sin quimio me lo agradece el cuerpo.

Y como no he tenido que batallar contra agujas e ingresos (y toco madera para que siga siendo así) pues me ha tocado volver a madrugar, estudiar, y sobre todo, sentir la monotonía de la rutina. ¡Joder, qué gozada!

Los estudios van viento en popa. Al principio me costó bastante centrarme, pero he cogido el ritmo, y bueno, estoy muy contento con las notas. Esto de volver a ser intento de periodista y comunicador es una pasada. Nunca me había tomado la carrera tan en serio como hasta ahora. La etapa de universitario agilipollado creo que se ha quedado atrás, con el Elías pre-pelón. También es cierto que ahora me tomo todo con muchísima más filosofía, y un examen no es el vaso de agua en el que pretendo ahogarme.

Lo más destacable, y así para acabar, es que ya he salido un par de días a correr. Bueno, correr, trotar, o como se llame lo que hago yo, que no sé muy bien cómo definirlo. Sólo sé que a los 5 minutos estoy destrozado y me duele todo durante los días de después. A este ritmo, en 4 o 5 años puede plantearme una media maratón. On fire.

Ahhhhhrg, por cierto...
...Lo de que el pasado noviembre gané junto a mis compis de Pelones Peleones el premio Bitácoras al mejor blog social-medioambiental no os lo cuento, os dejo el vídeo. Alrededor del 09:22:00 salimos dando caña.




En fin, amigos, amigas, pelones, pelonas... viva la vida y salud para todos.



Pdta: vaya panda de cabrones se encargan de nuestra sanidad, tanto en Madrid como en España. Menudo destrozo han hecho en el hospital que me ha salvado la vida.